martes, 11 de abril de 2017

La Santa Inquisición en Córdoba

El Santo Oficio debe gran parte de su leyenda negra a individuos como el siniestro Diego Rodríguez de Lucero, inquisidor de la diócesis de Córdoba en la primera década del siglo XVI. Lucero condenó a la hoguera a más de 200 personas en el breve lapso de 4 años. Le cupo en suerte, de hecho, el dudoso honor de presidir, el día 22 de Diciembre de 1504, el más sanguinario de los autos de fe celebrados en España, que acabó, en pocas horas, con la vida de más de un centenar de individuos. La intransigencia de Lucero acabó por suscitar la animadversión de los ciudadanos de Córdoba, que, con la venia del marqués de Priego, asaltaron la prisión del Santo Oficio. A Lucero no le quedó otra que ponerse en cobro y a la postre, expiar en prisión parte de sus crímenes. Los cordobeses, con todo, continuaron largo tiempo, respirando por la herida, y cerca de 1571, Pedro Gutiérrez, nieto de Pedro López Racimo, hebreo depurado por el Santo Oficio, hubo de comparecer ante los magistrados de la Inquisición de Córdoba, acusado de haber dicho que, en tiempos de Diego Rodríguez de Lucero, muchos paisanos habían muerto sin culpa.
Lo cierto, sin embargo, es que la Inquisición de Córdoba fue, a lo largo del siglo XVI, una institución de escaso relieve y que, de hecho, el número de condenados a la hoguera después del trágico mandato de Diego Rodríguez de Lucero no pasó, a todas luces, de las dos decenas. El auto de fe, en efecto, se convirtió, poco a poco, en una especie de confesión pública, y la mayoría de los procesos inquisitoriales se saldaba, por lo visto, con la prescripción de un par de oraciones y alguna que otra misa. El empleo del tormento, contra lo que se suele pensar, era inusual en el Santo Oficio de Córdoba. No era  extraño, por lo demás, que los acusados fuesen puestos en libertad por defecto de probanza. Así ocurrió, a modo de ilustración, con Alonso de Castro, soldado lucentino, que, sospechoso de haber alabado a los luteranos, fue, empero, absuelto y liberado el día 24 de Octubre de 1563.
Los magistrados del Santo Oficio de Córdoba eran comprensivos y benévolos y tenían en cuenta, según se desprende de la literalidad de sus dictámenes:
"COMO HOMBRE RÚSTICO QUE ERA", "POR SER MENOR DE EDAD Y HABERLO DICHO DEBIDO A SU IGNORANCIA", "ERA MUY VIEJO Y PARECIÓ ALGO FALTO DE JUICIO", "SE PROBÓ QUE ESTABA BORRACHO CUANDO LO DIJO", "POR ESTAR MAL ADOCTRINADA", "LO HABÍA DICHO CON BUENA INTENCIÓN", "LO DIJO CON IRACUNDA", "PARECE QUE LO DIJO A MANERA DE BURLA", "ERA CRISTIANO VIEJO Y FIJODALGO", "ERA POBRE Y CIEGA", "ERA HOMBRE DE BAJA SUERTE E HIJO DE UNA ESCLAVA DE CASTA DE LOS MOROS", "ESTABA MUY ENFERMO DE BUBAS Y DE OTRAS ENFERMEDADES".
Multitud de circunstancias atenuantes. Constituía por otra parte grave delito que un empleado del Santo Oficio hiciese mal uso de sus atribuciones. Pedro Ruiz Bajo, vecino de Villanueva del Rey y familiar de la Inquisición, sin ir mas lejos, se sirvió de los privilegios de su condición para obtener favores sexuales de varias muchachas, fue inhabilitado, cerca de 1584, pagó una cuantiosa multa y hubo de cumplir un año de destierro.
Los religiosos no eran inmunes a las investigaciones del Santo Oficio. Uno de los procesos inquisitoriales más sonados del 500 fue, de hecho, el instruido contra Magdalena de la Cruz, abadesa del convento de Santa Isabel de Córdoba; Magdalena, natural de Aguilar y mujer de religión con renombre de santidad, se hizo célebre, a lo largo y ancho de España, después de haber, por lo visto, pronosticado la victoria de Pavía (1525) y la prisión de Francisco I, el muy fullero rey de Francia. Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España, vistió, según parece, a su primogénito, un recién nacido Felipe II, con el hábito de la abadesa. Magdalena de la Cruz, en cualquier caso, compareció, a solas, en solemne auto de fe celebrado el día 3 de Mayo de 1546 y confesó haber simulado un sinnúmero de arrobamientos y milagros.
Los inquisidores de Córdoba, con todo, usaron de su acostumbrada clemencia: la rescataron, en efecto, de la hoguera y optaron, en fin, por recluir, de por vida, a la pobre religiosa en un convento de Andújar. Hubo, por lo demás, a lo largo del siglo XVI, varios casos de confesores que, acusados de solicitar favores sexuales de sus feligresas, hubieron de comparecer en auto de fe. Así le ocurrió, a modo de ilustración, a Fray Diego de Málaga, vecino de Córdoba y libidinoso miembro de la orden de San Francisco de Paula, que, cerca de 1570, estuvo a pique de acabar sus días hecho galeote, y a Alonso de Alba, vecino de Priego y convicto del mismo delito, que, allá por el año 1571, fue recluido en un monasterio e inhabilitado por orden de los magistrados del Santo Oficio.
La mayoría de los condenados acudía, por voluntad propia y sin denuncia previa, a las autoridades del Santo Oficio y confesaba su delito. Se trataba, en líneas generales, de cristianos rancios que, en un instante de obnubilación o iracundia, habían proferido alguna que otra blasfemia; sucedía, por lo común, que, contritos, se presentaban ipso facto ante los magistrados de la Inquisición y reconocían su blasfemia, por otra parte nimio delito. El fenómeno de las denuncias falsas estaba, a lo que parece, mucho menos extendido de lo que se suele creer. Existían sin duda, y estaban castigadas, por cierto, con penas muy rigurosas. Sirva de ilustración el caso de Francisco Guerra, lucentino, que denunció a ciertos presuntos luteranos y recibió, a cambio, 300 azotes, una multa exorbitante y 11 años de destierro; o de Juan Guillén, pastelero, que, con la colaboración necesaria de Gonzalo Rosado, servidor del calumniado, acusó a su suegro de seguir la secta de Lucero y hubo de sufrir, a modo de recompensa, 400 azotes y 6 años en galeras; o de Juana Pérez, que testificó con malicia en contra de su propio marido y recibió, el día 19 de Marzo de 1564, medio centenar de azotes en castigo de su culpa.
El pueblo llano ignoraba por completo las sutilezas de la doctrina cristiana y, de hecho, cabe atribuir gran parte de las amonestaciones de los magistrados del Santo Oficio de Córdoba, a rustiqueza y superstición.
Pedro Jurado, carpintero y vecino de Córdoba, compareció, allá por el año 1571, en auto de fe; habñia sostenido que la promiscuidad no era pecado, y que el hombre que no mantenía relaciones sexuales con varias mozas, literalmente y de acuerdo con la transcripción de Rafael Gracia Boix:
"NO ERA HOMBRE, SINO MARICONAZO".
Fue condenado, sin más, a reconocer lo errado de su opinión.
Andrés Hernández, vecino de Baeza, hoy pueblo en la provincia de Jaén, depuso, a principios de la década de 1590, ante los magistrados del Santo Oficio; había dicho, en público, que la simple fornicación no era, en absoluto, pecaminosa y que, en fin, "MÁS VALÍA IR A LAS MUJERES QUE A LAS BORRICAS"; el reo se comprometió a escuchar una misa y el caso quedó, de inmediato cerrado.
Hubo por lo demás, algún que otro penitenciado en Córdoba, a lo largo del 500, por haber falsificado una prueba de limpieza de sangre. Fue el caso sin ir más lejos, de Francisco y Pedro Gutiérrez, hermanos, nietos del hebreo Pedro López Racimo, ambos escribanos, vecino el primero de Baena y el segundo de Córdoba; uno y otro se acogieron a cierta amnistía y la causa en consecuencia, quedó sobreseída cerca de 1571. Fue asimismo, el caso de Juan de Baena, vecino - y aún - jurado de Córdoba, que ocultó su origen hebreo con  miras a ingresar en la corporación pública; fue condenado una vez descubierto, a arrostar una sustanciosa sanción económica y hubo en fin, de cumplir 1 año de destierro. Juan de Baena arrastró consigo a 9 amigos que, por hacerle un favor, habían testificado que el buen hombre era cristiano rancio, a sabiendas de que no era cierto.
Era atribución de los magistrados del Santo Oficio depurar a las minorías religiosas de la diócesis, en general, y en particular, a hebreos y mahometanos. Queda decir que en los tiempos de Diego Rodríguez de Lucero, los inquisidores se entregaron, en cuerpo y alma a la no fácil tarea de desenmascarar a quienes, con nombre de cristianos, practicaban los ritos de la religión hebrea.
No eran pocos, por lo visto y sucede que, imbuidos de milenarismo, esperaban la inminente venida del Mesías y creían, en consecuencia que el fin del mundo estaba muy próximo. Lo cierto, sin embargo, es que el número de hebreos penitenciados por el Santo Oficio de Córdoba después de la destitución de Diego Rodríguez de Lucero fue, a todas luces, exiguo; la compareciencia pública de una decena de cristiano nuevos, vecinos de Baeza, el día 18 de Abril de 1574, fu sin lugar a dudas, extraordinaria; ninguno de los conversos, por cierto, acabó en el brasero de la Inquisición; los sucesores de Lucero, en efecto, poco amigos de recurrir a la hoguera, dictaron contra la mayoría de los comparecientes penas de cadena perpetua y confiscación de bienes.
La Inquisición de Córdoba apenas instruyó, a lo largo del siglo XVI, un par de causas acerca de delitos, por así decir, intelectuales. Llama la atención, sin embargo, el caso de Antonio Morillo, natural de Bujalance y ciego, que escondía algún que otro libro reprobado por el tribunal del Santo Oficio.
Los magistrados se limitaron a imponerle, el día 28 de Octubre de 1569, una multa de 12 Ducados.

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