lunes, 16 de enero de 2017

El Duende de la calle Almonas (Córdoba)

Nadie sabe en qué recóndito rincón, un día de la primera mitad del siglo XVII, comenzaron a escribirse los Casos Notables de la Ciudad de Córdoba. Tampoco tenemos gran idea de quién empuñó la pluma la noche en que se escribió el caso número 23: La historia de la casa del Duende. Había en Córdoba una señora rica...
Y había una intriga, una lucha por los bienes que habían sido legados a dos hermanos, parientes del caballero, y luego fraile, Fernando de Cárcamo. Los padres, deseosos de igualar la suerte de ambos, habían adjudicado a la mujer una parte mayor que al varón, que ya poseía notables rentas. Él, no conforme con la decisión, trató de variar el reparto, pero su hermana no aceptó ningún cambio. Fue en ese momento cuando resolvió acabar con su vida.
La señora eligió para residir la casa que había heredado, situada en la calle Almonas del barrio de San Andrés. Allí se instaló, y allí se presentó su nueva compañía.
Cuenta Ramírez de Arellano, en su variante de la leyenda, que hubo en cierta ocasión un hombre que cometió el cruel pecado de abofetear a su padre anciano, acto por el que fue condenado a vagar como alma en pena. Este dato no está presente en el relato del siglo XVII, así que parece que fue después cuando se produjo la confusión entre la idea del duende y la de fantasma. Su nombre, Martín, coincide con el de varios duendes conocidos en zonas como Castilla-La Mancha o Granada.
El caso es que este Martín coincidió en la casa con la mujer, y aficiónose el duende de la güéspeda y aparecíasele en formas exteriores, hablándole y diciéndole mil requiebros. Ella le rechazaba una y otra vez, entre otras cosas por su apariencia de ser feo y diminuto (no levantaba más de media vara), pero el amor del duende era incondicional.
Tanto es así que, durante 6 años, se encargó de que cada vez que llegaba el hermano con intención de cometer el asesinato, hubiera tal escándalo en la casa que éste decidiera dejar pasar la ocasión, por exceso de testigos. La comidilla de que en la casa de la calle Almonas había un duende se fue extendiendo por el vecindario, y la señora tenía frecuentes charlas con su confesor, que le rogaba que no mantuviera trato con aquél elemental, fantasma o lo que fuera. El duende, a su vez, daba extensas clases de teología a la mujer, como prueba de su buena intención y de su conocimiento de los asuntos del cielo.
Sin embargo, llegó el día en que ella no pudo soportar más tan atenta compañía, y decidió mudarse. Se trasladó a las cercanías del colegio de San Roque, próximo a la Catedral. De nada sirvieron los ruegos del duende, que le advirtió de que estaba ligado a aquella casa, y de que no podría protegerla fuera de ella. Efectivamente, en Nochebuena, en la esquina de la calle Judería que da a la Mezquita, su hermano la apuñaló mortalmente, desapareciendo del lugar sin ser visto. Sí que se dejó ver en los días siguientes, en los que fingió su pesar por la muerte de la mujer.
La casa quedó vacía por miedo al duende, y solamente el hermano, harto de no poder obtener rentas de ella, se decidió a ocuparla, considerando simples habladurías los relatos sobre el ser que convivía con la señora.
Dos o tres años después, el Corregidor, avisado por los vecinos del barrio, hizo hundir la puerta que, desde hacía varios días, permanecía cerrada a cal y canto. De una desdichada muerte, se limita a decir el autor de los Casos Raros que falleció el asesino. Ramírez de Arellano hace aparecer, junto al cadáver que se balanceaba de la soga, la horrible figura del duende, autorizando a que fuera enterrado en suelo sagrado. No había sido un suicidio, sino la divina Providencia, a través de él, quien había ajusticiado al hombre que segó la vida de su hermana.
El duende desapareció en el preciso instante en que nació su leyenda.

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