domingo, 4 de septiembre de 2016

Terror en Casa Puig

Una casa de acogida, un frondoso bosque y unos educadores sin escrúpulos fueron el eje sobre el que giró el destino de los niños que habitaban Can Puig, conocida como "La Ciudad de los Muchachos", un lugar donde imperaba la ley del miedo y el silencio y donde también lo insólito estuvo presente.
Los llantos de aquellos que cedían a los denigrantes placeres de una educación extremadamente militarizada y católica se hacían inaudibles para los que vivían al otro lado de la montaña. German y José María son sólo dos de esos niños que salieron de ese infierno, dos luchadores que, pese a haber superado los más duros obstáculos, siguen buscando una niñez perdida entre unos muros que a día de hoy son meros escombros: "La Ciudad de los Muchachos", un lugar donde la palabra misterio se forja en mayúsculas sobre el papel.
España, principios de los 70, una sociedad sometida a unos principios ideológicos basados en el miedo, la censura y la exclusión social para los más desfavorecidos. Niños huérfanos, otros que daban sus primeros pasos hacia el tentador mundo de la delincuencia y aquellos que, engendrados por equivocación, eran abandonados a merced de los peligros de la calle.
Para poner freno a todo esto, Auxilio Social, una organización franquista supervisada por la Falange Española y la Iglesia católica, fundó en 1963 "La Ciudad de los Muchachos", también conocida como "Casa Puig".
Su objetivo era simple: enseñar y educar a los niños a enfrentarse a los problemas de la vida real. La impulsora de Auxilio Social, Mercedes Sanz, se inspiró en los viajes de su marido Javier Martínez a la Alemania nazi, donde unas instituciones denominadas "Hogares escuela", instruían a los más pequeños en base a una educación pseudo-militar fundamentada exclusivamente en castigos físicos y psíquicos. "La Ciudad de los Muchachos" sería el hogar para niños de entre 5 y 10 años. Superada esa edad, eran trasladados al "Asilo del Port", un nuevo hogar donde continuarían las torturas físicas y psicológicas, aunque de una manera más encubierta.
En el año 1977 las puertas de "La Ciudad de los Muchachos" se cerraron para siempre. Hoy por hoy, un único edificio sigue en funcionamiento, dando ayuda a aquellas personas que luchan por salir del terrible mundo de las adicciones.
La parte abandonada, donde transcurre la historia que estamos contando, es visitada a menudo por aquellos buscadores de lo paranormal que, equipados con sofisticada tecnología, ansían encontrar un eco del pasado en forma de evidencia del más allá.
Son muchos los que aseguran que "La Ciudad de los Muchachos" es un lugar maldito, pero ignoran que la verdadera maldición de este enclave fue vivida en la propia carne de los pequeños internos. Uno de aquellos niños fue Germán, que a día de hoy es un hombre valiente que ha decidido enfrentarse a los fantasmas del pasado.
Germán nació rodeado de la más extrema pobreza en el barrio de Somorrostro, muy cerca de "Las Barracas de la Barceloneta". Eran 5 hermanos, 3 chicas y 2 chicos. Cuando Germán cumplió 3 años, él y sus hermanos se quedaron huérfanos de madre. Su padre Anselmo, no pudo hacerse cargo de los pequeños, así que los llevó a diferentes casas de acogida.
Francisca María ingresaron en el castillo de Santa Perpetua de la Moguda, Claudio marchó rumbo a "La Ciudad de los Muchachos". Germán y Carmen, debido a su corta edad, permanecieron un tiempo más con su padre. Pasados 2 años de la marcha de los más mayores, la situación económica no había cambiado y los curas del centro donde estaba Claudio hicieron el "favor" de aceptar a Germán pese a no tener la edad suficiente. Un Domingo de 1966 fue la fecha escogida para la marcha. La primera vez que Germán pisó el suelo de ese mal llamado "nuevo hogar", sintió que dejaba atrás no sólo a su padre y a Carmen, sino a la civilización en sí. Era como viajar a un planeta desconocido de dimensiones reducidas, un lugar limpio por fuera pero podrido por dentro. El Domingo era el día de las visitas, por lo que una semana antes, Claudio ya había sido avisado de la llegada de su hermano pequeño.
Éste no tardó en poner al día a Germán sobre lo que ahí dentro sucedía: le contó que los niños tenían miedo, que estaban amenazados por sus cuidadores y que los castigos eran muy duros. Las cartas jamás llegaban a su destino y durante esos domingos de visitas familiares, nadie contaba nada sobre los malos tratos que se producían. También mencionó a unos alumnos especiales que eran conocidos como "Los Protegidos". Se trataba de aquellos que, sin oponer resistencia, cedían a los abusos sexuales de esos depredadores con piel de cordero. Si hay una cosa que de verdad quedó marcada a fuego en la memoria de Germán, fue el día en que se ordenó la construcción de una piscina por los alumnos. Para él, la piscina, lejos de ser algo para disfrute, era una tortura: algunas noches, desde su ventana, veía cómo los educadores lanzaban al hoyo, previamente excavado, bolsas de basura con algo pequeño en su interior.
¿Estaban los curas practicando algún tipo de aborto ilegal? Una vez finalizada la obra, esos secretos quedaron ocultados bajo los cimientos de la recién inaugurada piscina, que siempre "estuvo de adorno".
Los malos tratos eran algo habitual. En una ocasión un educador del centro intentó abusar de Germán. Su hermano Claudio, sin pensarlo dos veces, lo empujó y seguidamente le dio un puñetazo Claudio pasó dos días en enfermería por la tremenda paliza que recibió como castigo.
Los cuidadores sabían perfectamente cómo hacer para no dejar ninguna marca en la piel de sus víctimas, aun así, cuando no había forma de disimular los moratones, decían a sus familiares que todo se debía a los juegos en el patio o a alguna pelea con otro compañero.
En total fueron casi 5 años los que Germán pasó en "La Ciudad de los Muchachos". Después, lo trasladaron otros 2 años al "Asilo del Port", junto a Claudio. Nuevamente fue sometido a todo tipo de vejaciones por parte de los educadores, hasta que en 1972, su padre le consiguió un trabajo tras la barra de un bar del barrio de La Sagrera.
Pasaron los años y seguía preguntándose el porqué de todo lo vivido. Tan pesada era la carga de ese misterio, que a los 17 años se adentró sigilosamente en el peligroso mundo de la droga al lado de Juan José Moreno Cuenca, conocido como "El Vaquilla", uno de los delincuentes más famosos de la Ciudad Condal en la década de los 70. Primero fueron los porros, luego la heroína y finalmente fue detenido e ingresado en prisión.
La cárcel fue su salvación, dentro se limpió de todo y aprendió a ser un hombre nuevo, devoró todos los libros de la biblioteca y ansiaba la libertad para escribir un nuevo capítulo en su biografía. En Marzo de 2011, puso los pies en la calle, ya era libre y su familia - esposa e hijos - estaban en la puerta para recibirlo. Nueve meses después de su puerta en libertad, Claudio falleció a consecuencia de una cirrosis.

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