viernes, 24 de octubre de 2014

Los Templarios en la isla de Mallorca

La ciudad de Palma de Mallorca condesa buena parte de los mitos y leyendas medievales de las Islas Baleares, gracias a la presencia de una importante judería y a la actividad de alquimistas y templarios, cuyos caballeros participaron en la conquista cristiana y en las tareas de repoblación y mantenimiento de las culturas antecesoras a través de sus ritos y construcciones.
El archipiélago balear fue durante los siglos medievales -exactamente entre los años 902 y 1349- un territorio de la España insular muy codiciado. Primero fueron los hispano-musulmanes: Califato de Córdoba (902-1015); reino taífa de Denia (1015-1076); los taífas de Zaragoza; luego un periodo de taífa independiente, durante el cual, entre 1114 y 1115, la isla de Mallorca sufrió un sangriento saqueo por parte de una flota de barcos pisanos y catalanes. Seguidamente se establecieron los almorávides (1115-1203), y después los almohades, que poseyeron el archipiélago balear hasta el año 1229, fecha de la conquista cristiana, protagonizada por el monarca Jaime I, tras partir del puerto de Salou.
Una vez las islas se convirtieron en un territorio cristiano independiente del Reino de Aragón, se produjo la progresiva sustitución socio-cultural de los autóctonos isleños por un sustrato humano de origen mayoritariamente catalá. Así se desprende a la vista del predominio de los apellidos, aunque también los hay occitanos, gracias a la estrecha relación que mantuvo Mallorca con la ciudad de Montpellier (Languedoc).
Durante este periodo, que culminó en el año 1349, se sucedieron tres monarcas en la corono cristiana balear: Jaime II (1276-1311), Sancho (1311-1324) y Jaime III (1324-1343). Con la muerte de éste último, en la villa de Llucmajor, cerca de la montaña sagrada de Randa, y el encarcelamiento de su hijo, el futuro Jaime IV de Mallorca, en la terrorífica fortaleza de Xátiva (Valencia), por orden de Pedro IV de Aragón, se disipó todo intento de mantener independiente el territorio insular, llamado por los hispano-musulmanes las islas Orientales de al-Andalus. El archipiélago volvió a integrarse plenamente en el Reino de Aragón.
Este sería, a grandes trazos, el resumen de las principales etapas de las islas Baleares durante los siglos medievales. Solo queda añadir que, con las masacres del pogrom de 1391, la esplenderosa judería mallorquina cayó en desgracia, por haber sido asesinados la mayoría de sus miembros y desaparecer definitivamente en 1435. Esa comunidad dejó tras de sí un brillante legado cultural y científico en materia de cartografía y mapas. Siete siglos después, ese legado sigue siendo materia de estudio por eruditos de la navegación de todo el mundo.

EL ASEDIO CRISTIANO
A uno de estos miembros de la judería de Palma, Abraham Cres-ques, le debemos la confección de El Atlas Catalán, realizado en 1375 y conservado en la Bibliothéque Nationale de París, fruto de un regalo de la Corona catalano-aragonesa al monarca francés Luis XI.
Al igual que sucedió en las más importantes conquistas cristianas de las ciudades hispano-musulmanas, con los ejércitos de Jaime I iban las órdenes militares de su tiempo, y el Temple no fue una excepción. La ciudad hispano-musulmana de Palma cayó después de tres largos y sangrientos meses de asedio cristiano, durante los cuales se protagonizaron, por ambas partes contendientes, terribles escenas, como la colocación por parte de los almohades en los muros exteriores de la alcazaba de los prisioneros vivos cristianos, para recibir en sus cuerpos los impactos de las catapultas lanzadas desde las maquinarias de asalto, o bien el lanzamiento al interior de la ciudadela de las cabezas de los prisioneros musulmanes degollados. Esta conquista, que tuvo lugar en 1229 y de la que poco se han ocupado los medievalistas, merecería un estudio especial ya que en aquel tiempo el máximo dignatario del Temple fue maestre catalán Pere de Montagut (1219-1233).
Palma, conocida tras la conquista cristiana como la Ciutat, era la urbe por excelencia, la capital administrativa y comercial de Mallorca, la mayor isla del archipiélago. Con el reparto del territorio, los templarios recibieron la quinta parte de la isla, y fijaron en la Ciutat su sede oficial, concretamente en el Castell dels Templers, baluarte que se hallaba anexo a la muralla. Aún se conoce en nuestros días esta zona urbana de la ciudad de Palma como Partita Templi. Es curioso que en este barrio también se encuentre el convento de los Franciscanos, en cuyo interior reposan los restos de Ramón Llull (1235-1315), llamado con justicia el Doctor Iluminado. Él es el mallorquín más universal, a quien se debe el descubrimiento de la piedra filosofal, autor de la obra Ars Magna. Iniciado en las obras y estudios herméticos, tuvo serios problemas con la iglesia. Según Llull, Dios creó de la nada una sustancia: el mercurio, conocido como plata viva, de la cual surgieron las demás cosas. Después de realizar el peregrinaje a Santiago y a la villa de Roca-madour (Francia), Ramón Llull, en 1305, decidió ir a Tierra Santa. En plena travesía, fue víctima de un envenenamiento por parte de sus propios servidores, sobornados por el pontífice Clemente V, pero gracias a su fortaleza física y a la intervención de los médicos templarios en Chipre, el más célebre de los alquimistas hispanos logró salvar la vida. Falleció una década después con la profunda tristeza de haber contemplado la caída de sus queridos templarios, víctimas del mismo pontífice que atentó contra su vida, y también de las ambiciones del monarca francés Felipe IV el Hermoso.

ARRABAL TEMPLARIO
Junto al convento de San Francisco, también en el arrabal conocido actualmente como Partita Templi, se alza la iglesia de Santa Eulalia. No es casual que este edificio estuviese estrechamente vinculado con las logias de canteros, colectivo que contaba con el respaldo total del Temple. Aún se pueden apreciar en el edificio una gran variedad de marcas grabadas en las piedras que forman parte del aparejo, algunas de las cuales contienen signos masónicos )el mallete, el compás, la escuadra...).
Cabe destacar que gran parte de la judería de Palma también se hallaba dentro de este arrabal templario. La abadía templaria, de la que solo se conserva su magnífica fachada, se alza sobre cimientos de construcciones defensivas que habían formado parte de la ciudadela almohade, la Madina Mayorga, una fortaleza roja, formada por tres recintos. Fue precisamente sobre el tercero de ellos donde los templarios alzaron sus construcciones más sagradas, como la dicha abadía, cuyo templo sigue ofreciendo una luz y unas dimensiones catedralicias.

GALERÍAS SUBTERRÁNEAS
Este enclave templario sirvió, en tiempos del monarca Jaime I, para guardar el inmenso botín arrebatado a los almohades tras la conquista cristiana y más tarde, tras la supresión del Temple, para encerrar a los últimos caballeros de la isla ya en tiempos del monarca mallorquín Sancho. A finales del siglo XIX, al llevarse a cabo unas obras en las calles de Llull y San Buenaventura, s descubrió una galería -de más de dos metros de altura, y por la cual podían pasar juntos tres hombres- que enlazaba el convento templario con el palacio de la Almudaina.
Pero los templarios no solo se fijaron en la ciudad de Palma, desde la cual podían controlar el resto de Mallorca, sino que también les atrajeron muy especialmente algunos de los lugares de poder la isla. De forma muy particular, les interesó la Sierra de Tramontana, que en sentido suroeste-norte, recorre todo el contorno de poniente de la isla de Mallorca. En esta sierra es donde se alzaban las montañas más altas de la isla, y donde se encontraban determinados puntos orográficos de interés para la Orden.
El santuario de Lluc, con el culto a una imagen coronada en 1884 como reina y patrona de Mallorca, es uno de los lugares más interesantes de la geografía templaria de la isla. Allí arriba, después de haber atravesado un territorio de viejos olivos, el viajero descubre un enclave místico, donde los magos templarios implantaron el culto mariano en Mallorca a través de una imagen conocida también como la Moreneta, de 61 centímetros de altura. Según la tradición, fue hallada por un pastor y ermitaño en 1240 en el interior de una gruta. En su tocado se lee: "Nigra sed formosa sum". El niño reposa en el brazo izquierdo portando un libro abierto, como animando a descubrir las esencias de los saberes gnósticos. A ella están vinculados otros cultos en esta misma iglesia (Ana, San Bernardo, María Magdalena, San Juan Bautista, etc...), que igualmente forman parte del cosmos espiritual del Temple.
Es importante recordar que toda la zona en donde se alza este santuario está preñada de montañas sagradas, grutas que sirvieron de marco de celebración de ancestrales cultos paganos y que presentan innumerables construcciones megalíticas, y calzadas que, más que para enlazar poblaciones, marcarían el supuesto tránsito de líneas energéticas que enlazaban enclaves sagrados.
Uno de estos enclaves es, sin duda, la villa de Pollença, que se corresponde con una importante posesión templaria, recibida por el Temple en 1230, tras la conquista cristiana. Se sabe que desde Sóller y Alcúdia, poblaciones que delimitan los límites de la Sierra de Tramontana, los templarios tuvieron 22 alquerías. Una de ellas fue la de Pollença, pero dejemos que sea el erudito Juan García Atienza quien nos describa el lugar: "Camino de la Alcúdia, una senda remonta la ladera del montecillo llamado el Puig Son Vila, hacia la masía de Sa Torre. A poca distancia, nos encontramos con los restos bastante bien conservados, de un talayot (construcción megalítica) que todo el mundo conoce como el Fort dels Templers, que pudo servir de torre de vigilancia de los freires".

LA GRUTA DE SAN MARTÍ
Lamentablemente, de aquel recinto solo quedan algunos fragmentos de columnas, pero sin embargo, es la referencia para alcanzar la meta que buscarán afanosamente nuestros lectores: La cueva de Sant Martí, en las entrañas del Puig de Sant Martí, ya en el municipio de Alcudia.
La gruta de Sant Martí es un lugar que sorprende, pues su disposición no es horizontal, sino vertical, como si un tubo volcánico emergiera de las entrañas de la tierra. En las paredes laterales se abren las dependencias de unos espacios excavados por los templarios en la roca viva, con el objeto de que sus oficiantes, en el más absoluto silencio e intimidad, pudiesen llevar a cabo sus ritos bajo una luz cenital que entra por el agujero superior a modo de chimenea natural. Dentro de este enigmático enclave no faltan grafitos, igualmente templarios, cuyo significado aún no se ha podido descifrar. Algunos están relacionados con el mar, y no sería nada extraño que, en su día, los templarios lograran alcanzar la costa alargando las excavaciones subterráneas de esta gruta.
Dentro de Pollença aún se conservan numerosos testimonios legados por los templarios. Uno de ellos es la casa donde se fijó su residencia el lugarteniente de la Orden, ubicada en la esquina entre las calles Colón y del Temple, muy transformada en nuestros días. También fueron templarias la casa de s'Aigua y la de s'Ombra. Todo ese arrabal perteneció a los caballeros de la cruz paté. A pocos metros se encuentra la iglesia de Santa María dels Ángels, que fue el convento templario de la localidad. También fue del Temple el calvario, enclavado en el llamado Puig del Temple, cuyo camino de subida constituye un viaje al más profundo recogimiento.
La isla de Mallorca, por lo tanto, gracias a su estratégica ubicación, fue el escenario de singulares gestas, donde los caballeros templarios escribieron momentos de gran belleza socio-cultural, que debemos rescatar de la historia no oficial.

Fuente: Revista La Espiral del Conocimiento Nº7 del 2006

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