jueves, 8 de agosto de 2013

Palacio de Orive (Córdoba)

Leyendas... Persiguiendo a una famosa leyenda encamino mis pasos a un precioso edificio renacentista del siglo XVI, hoy Sede de la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba. La historia de la "Casa de los Villalones", también conocida como "Palacio de Orive" comienza marcado por un hecho trágico: Se levanta sobre el solar de una vieja casa perteneciente a la familia Hoces, destruida por el singular Pedro I El Cruel como premio al apoyo que éstos dieron a su querido hermano Enrique II de Trastámara. Ahí donde los veis, los hermanos Pedro y Enrique son los causantes de la Primera Guerra Civil española entre los años 1366 y 1369.
Don Carlos Urcel y Guimbarda había perdido a su adorada y bella esposa cuando mas feliz se juzgaba con tan buena compañera. El cielo quiso, para consolar la amargura que aquella pérdida, dejarle una hija, blanca y hermosa como su nombre, y tímida y sencilla como el espíritu de un ángel. Jamás salía de casa, sino acompañada de una dueña, en sus primeros años, y después de su padre, que en ella cifraba toda su ventura y sus esperanzas. Contaba unos 17 años cuando en uno, al llegas la velada entonces, hoy Feria de la Fuensanta, la llevó a beber aquellas puras y apetecidas aguas y orar por su madre ante la venerada imagen, amor de todos los cordobeses.
En la esquina del convento de San Rafael, conocido generalmente como Madre de Dios, se les interpuso una harapienta gitana de horrible aspecto y penetrante mirada, pretendiendo decir a Blanca la ventura que le esperaba. La tímida joven demostró al punto su repugnancia, y Don Carlos, que temió un ligero disgusto en su hija, ordenó a la gitana que se apartarse, dejando de incomodarla por más tiempo. Ella insistió, y al fín fue preciso, mal su grado, retirarla, dejándola a un lado del camino, profiriendo mil palabras, entre las que se percibieron claramente: " Ellos pagarán su orgullo con raudales de llanto, que la desgracia les hará verter ". Nadie hizo caso de sus palabras, que consideraron desahogo de su mala educación, volviéndose tranquilos a su casa, como si nada hubiesen oído.
Dos o tres años habían transcurrido cuando, a la altas horas de la noche, oyeron llamar a la puerta; eran unos hebreos que se iban a quejar al corregidor de que no les querían dar posada en ninguna de las de Córdoba, y pedían o una orden para ello o que se les dejase pasar hasta el día, aun que fuera en el portal de su casa. Consintió Guimbarda en esto último, y la dueña que había recibido el recado ponderó a doña Blanca lo extraño de las figuras de los nuevos huéspedes, hasta el punto que la curiosidad les hizo ir a examinarlos por el agujero de la llave del portón. Mal cual sería su sorpresa al ver que leían en un libro a la luz de una vela amarilla y que pasaban muy deprisa las cuentas de una especie de rosario que uno de ellos llevaba pendiente de la cintura.
Al poco sonó un ruido extraño y la tierra se separó dejando una abertura que daba paso a una hermosa escalera de mármol. Por ella bajó uno, volviendo a poco acompañado de un joven que apenas frisaba en los tres lustros, de hermoso y gallardo aspecto, y un cofre, al parecer lleno de alhajas de gran valor. Aquel desgraciado, enterrado en vida, les rogó repetidas veces para que lo llevasen consigo, siendo inútiles sus quejas y súplicas, pues después de algunas prevenciones que le hicieron lo obligaron a bajar por la ancha escalera. Apagaron la vela, y con la luz desapareció también el hoyo formado en el portal, como si nada hubiese sucedido.
Llegó la mañana siguiente y los hebreos se despidieron del corregidor, dándole muchas gracias por la generosidad con que los había hospedado; mas ¡cuánta desgracia se atrajo con ella! Tanto la dueña como la hermosa Blanca ardían en viva curiosidad por saber el misterioso arcano del joven prisionero con tantas y codiciadas riquezas. Examinaron el portal y nada advertían en su pavimento, hasta que la dueña vio esparcidas por él muchas gotas de cera desprendidas de la vela encendida por los hebreos. Las juntó cuidadosamente e hizo un cerillo, con el que creían que se abriría la tierra.
Esperaron la noche, y cuando todos estaban recogidos, bajaron al portal y encendieron la luz, logrando por este medio que apareciese de nuevo la escalera, por la cual bajó Blanca, recorriendo algunas galerías sin hallar el menor rastro. Cuando vio la dueña que el pabilo se acababa, echaron a correr; pero al salir se le concluyó, quedando dentro la desgraciada joven que venía tras ella. La pobre vieja empezó a gritar; a sus voces acudió el corregidor y todos los criados, quienes se confundían más con sus revelaciones. Luego llamaron a Blanca, que respondía con acento de dolor desde el centro de la tierra. El corregidor hizo mil excavaciones, todas inútiles, llorando en su desesperación la pérdida de tan querida hija.
Varios años pasaron. Don Carlos Ucel y Guimbarda murió solo y desesperado. Desde entonces se dice que una sombra misteriosa recorre de noche toda esta casa, atribuyéndolo al alma de Doña Blanca, que aun vaga por aquellos contornos.

FUENTE: www.elpozodeesparta.blogspot.com.es

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