Son éstos, cuenta Benavente en su blog "Descubriendo Cóordoba", "sobre lo que se advocó la protección de la ciudad durante más de 11 siglos, aunque a principios del siglo XVII parece que fue el Arcángel San Rafael quien desplazó en la preferencia de los cordobeses en la invocación de esa protección".
Pero, ¿quiénes eran estos personajes? Para conocer la historia hay que remontarse al año 204 de nuestra Era, durante el dominio del emperador Septimio Severo -según el Opúsculo Martirial de Antonio Movano Ruiz-, o según otros como Ramírez de Arellano, al 304 con Diocleciano.
En cualquier caso, Acisclo y Victoria eran dos jóvenes hermanos que profesaban el cristianismo y que fueron criados por su ama, Minciana, tras quedar huérfanos. Sus vidas pasarán a la historia del cristianismo y serán canonizados por ser unos mártires de su tiempo. Y es que "estos jóvenes fueron llevados a presencia del juez de la ciudad para renegar de su fe, siendo sometidos a muy variadas y dolorosas torturas", narra Toñy. "Fueron azotados, les quemaron los pies, trataron de ahogarlos y, finalmente, a la joven Victoria le cortaron los pechos y la lengua para luego ser atravesada por flechas, todo ello como espectáculo en el Anfiteatro. A su hermano Acisclo lo llevaron a la orilla oriental derecha del río Guadalquivir, junto a la boca del manantial, para degollarlo y finalmente dejar allí su cuerpo".
Será su ama Minciana quien recoja el cuerpo de Victoria en la oscuridad de la noche y lo traslade hasta donde se encuentra el de su hermano, dándoles sepultura. Y es aquí donde comienza la historia. En la tradición martirológica queda descrita la pasión de estos santos con gran lujo de detalles. Una passio del siglo X relata que se ordenó meter a Victoria y Acisclo en un horno pero al escucharse los cánticos provenientes del horno, el Prefecto Romano ordenó que se les arrojara al río Guadalquivir atados a piedras pero ambos santos aparecieron flotando sin sufrir daño. Entonces se ordenó que se les colocara sobre un fuego pero éste escapó del control de los verdugos muriendo muchos paganos sin que el fuego afectase a los hermanos. Así, finalmente, se da la orden de su decapitación, razón por la que San Acisclo es representado con una línea roja de sangre en el cuello.
Cuando Fernando III llega a Córdoba entrega el entonces ruinoso templo a la orden del Cister para la explotación de las huertas circundantes. Fue entonces cuando se levantó "el primer monasterio de la ciudad, recibiendo el nombre de los Santos Mártires, en el siglo XIII", aclara Benavente. "Parece ser que algunas de sus reliquias fueron esparcidas por el resto de España para su veneración pero siglos más tarde se recuperaron. En 1125, se decide trasladar sus restos de la Basílica junto al río, para ser llevados a San Pedro, y ser enterrados con otros santos más, entre ellos San Januario, Marcial y Fausto, según contó Ramírez de Arellano".
La Basílica se los Santos Mártires sufriría a lo largo de los siguientes siglos el abandono, deterioro y, finalmente su desaparición, "quedando reducido su tamaño casi a una pequeña capilla, que fue la que visitó el rey Felipe II en 1570, cuando llegó a Córdoba en el mes de Agosto. Finalmente, a mediados del siglo XIX, debido a la desamortización, tanto la basílica como el monasterio son desmontados, iniciándose la edificación de la pequeña Ermita de los Santos Mártires entre 1880 y 1881 que existe en la actualidad".
Así que son ellos, por la persecución y el martirio vivido y sus posteriores milagros como protectores de la ciudad, los santos patronos de Córdoba, San Acisclo y Victoria, junto a la copatrona la Virgen de la Fuensanta.
Fuente: cordobabuenasnoticias.com


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