domingo, 2 de octubre de 2016

El Diablo en el convento: Las poseídas de Loudun

En 1634 Francia se vio sacudida por el caso de unas monjas que decían estar poseídas por el demonio. El párroco de la ciudad fue acusado de brujería y quemado vivo en la hoguera.
En 1626 se fundó en la ciudad de Loudun, 300 kilómetros al suroeste de París, un convento de monjas ursulinas. Eran 17 religiosas, casi todas muy jóvenes, que llegaban para reforzar la presencia del catolicismo en una población donde los protestantes hugonotes eran mayoría. Una de ellas era Jeanne de Belcier, en religión Juana de los Ángeles. Nacida en una familia de la baja nobleza de Poitou, de niña había padecido una enfermedad que la dejó encorvada y de talla diminuta.
A los 20 años ingresó en las ursulinas de Poitiers, y desde su traslado a Loudun reveló un carácter intrigante y ambicioso que la llevó a ser elegida superiora del convento con sólo 27 años.
En Loudun, el destino de Juana de Ángeles se cruzó con el de Urbain Grandier, cura de una de las principales parroquias de la ciudad, a donde había llegado en 1617, cuando tenía 27 años.
Elegante, culto, atractivo y dotado de una capacidad oratoria poco común, adquirió pronto una gran popularidad, especialmente entre el sexo femenino. Sus sermones dejaban extasiadas a las damas de la ciudad, que competían por atraerlo a sus reuniones sociales o tenerlo como confesor.
Grandier, por su parte, no se sentía comprometido por el voto de castidad. Una joven, Madeleine de Brou, se convirtió en su amante, y Grandier la convenció incluso para que se "casara" con él, en una ceremonia clandestina en la que hizo a la vez el papel de sacerdote y de novio. Sedujo también a la hija del fiscal local, Felipa Trincant. Cuando la dejó embarazada, el padre arregló un matrimonio de conveniencia, pero juró vengarse del párroco. Él y otros personajes de la ciudad que también tenían inquina al atildado cura lo acusaron ante la justicia episcopal por su conducta inmoral.
Grandier fue arrestado y juzgado, pero contaba con apoyos influyentes y, tras ser absuelto, volvió triunfalmente a Loudun.

FANTASMAS Y EXORCISMOS

En el convento de ursulinas, Juana se obsesionó también con Grandier. Para atraerlo le propuso que se convirtiera en su director de conciencia, pero el párroco rechazó la oferta. En su lugar llegó como confesor el canónigo Mignon, precisamente uno de los mayores enemigos de Grandier. Su llegada coincidió con una serie de extraños sucesos en el monasterio. Por la noche, las monjas creían ver fantasmas que entraban por las ventanas o a través de las paredes, y escuchaban ruido de cadenas. Algunas vieron una bola negra que cruzaba el refectorio y un extraño hombre de espaldas. Cada vez más trastornadas, las religiosas eran presa de temblores y rechazaban comulgar.
Mignon se dio cuenta de que aquel caso típico de miedo e histeria podía utilizarse para sus designios. Trajo a un cura que certificó que las monjas estaban poseídas por el diablo, por lo que había que practicarles un exorcismo, la ceremonia prevista por la Iglesia católica para expulsar al demonio de una persona mediante diversos conjuros y ritos. Se celebraron varias sesiones al efecto, al principio en privado y luego ante un público ansioso de sensaciones nuevas. En la capilla del convento, las monjas eran colocadas en camas y, tras los primeros requerimientos del sacerdote, entraban en trance y hacían que el demonio hablara por ellas.
Un testimonio recoge cómo Juana "comenzó a hacer violentos movimientos y a lanzar unos gritos como los de un cochinillo. Rechinaron sus dientes. El canónigo Mignon le metió el índice y el pulgar en la boca y realizó los exorcismos y conjuros en presencia nuestra". En una sesión Mignon logró expulsar del cuerpo de Juana al demonio Asmodeo, pero la superiora estaba poseída por otros seis, cada uno también con su nombre -Zabulón, Isacaaron, Leviatán, Balaam, Behemoth...-, por lo que las sesiones continuaron. En una de ellas, Juana reveló que fue Urbain Grandier quien había embrujado a las religiosas enviándoles un ramo de rosas en el que se contenía su "pacto" con el diablo. Los enemigos de Grandier ya tenían lo que buscaban: una acusación de hechicería que podía llevarlo directamente a la hoguera.
Cuando supo de las acusaciones, Grandier se quejó al arzobispo de Burdeos, amigo suyo, y éste ordenó suspender todos los procedimientos. Pareció que se había salvado. Pero entonces llegó a Loudun Jean de Laubardemont, un juez que traía el encargo de Richelieu de arrasar el castillo de la ciudad e imponer la autoridad de la monarquía. Las autoridades locales se resistieron, y Grandier cometió la imprudencia de ponerse de lado de éstas y obstaculizar la demolición. Irritado por este comportamiento, Laubardemont recuperó la acusación de brujería, recogió información y acudió a París a informar a Richelieu.

EL PROCESO DE BRUJERÍA

El cardenal, enemistado con Grandier por un antiguo incidente, obtuvo del rey Luis XIII la autorización para reabrir el caso. A finales de 1633, Laubardemont volvió a Loudun y ordenó arrestar a Grandier, al tiempo que se reanudaban los exorcismo a las monjas. Todo se dirigía a reunir pruebas de la brujería. Se decía que el contacto con el diablo dejaba marcas especiales en el cuerpo de los hechiceros, en forma de zonas totalmente insensibles al dolor. Juana reveló que Grandier tenía cinco de edas marcas: en la espalda, en las nalgas y en los testículos. Para comprobarlo se llevó un cirujano a la cárcel para localizar esas señales en el párroco mediante un método brutal, clvándole un estilete hasta el mismo hueso en busca de esas supuestas zonas insensibles. Los alaridos de dolor de Grandier llegaban hasta la calle.
Finalmente, en Julio de 1634 se formó un tribunal compuesto por 12 jueces y presidido por Laubardemont. Llevado a declarar, Grandier negó todas las acusaciones, pero tras sólo 3 vistas el tribunal proclamó la sentencia: muerte en la hoguera. El 18 de Agosto de 1634, Grandier fue llevado al palacio de Justicia, donde se le instó a que confesara su culpabilidad. El párroco se negó: "Declaro solemnemente que nunca fui hechicero, ni cometí sacrilegio ni conocí otra magia que la de la Biblia", dijo, sabiendo que eso suponía que lo sometieran a tortura hasta que confesara. Pero ni siquiera los terroríficos tormentos, en los que le hicieron trizas las piernas, lograron doblegarlo. Luego le pusieron una camisa impregnada de azufre y lo llevaron a la plaza del mercado de Loudun, abarrotada de público. Atado al poste, le prometieron estrangularlo primero si confesaba, pero siguió negándose. Fue quemado vivo. Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, tened piedad de mí. Dios, perdonadlos, Señor, ¡perdonad a mis enemigos!"

DE POSEÍDA A SANTA

En contra de lo que cabría esperar, tras la muerte del supuesto hechicero las posesiones en el convento de ursulinas de Loudun continuaron, y con ellas las sesiones de exorcismos, que siguieron atrayendo a numeroso público. Juana de los Ángeles era la gran protagonista. En 1635 aseguró que el demonio Balaam, antes de marcharse derrotado, le dejó escritos de forma indeleble, en su mano izquierda, los nombres de Jesús, María, José y Francisco de Sales. Poco después enfermó de gravedad y se creyó que iba a morir, pero se recuperó "milagrosamente" gracias, aseguraba, al óleo que San José había derramado sobre ella y quedó marcado en su camisa.
Los estigmas y la camisa le dieron fama en toda Francia, hasta el punto de que emprendió una gira en la que pasó por París y fue recibida por Richelieu y la reina Ana de Austria. En 1642 escribió una Autobiografía en la que narraba sus vivencias entre 1633 y 1642. Cuando, en 1665, falleció a causa de una hemiplejia lo hizo en olor de santidad y siendo enormemente popular.

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