lunes, 1 de diciembre de 2014

Barón Samedi (Mito Haitiano)

Uno de los dioses más poderosos del vudú es Ghede, Señor de la Muerte, al que también se le conoce como Barón Samedi. Es el más sabio de todos los dioses, pues su cabeza contiene el conocimiento de todos aquellos que han vivido. Si él lo desea, puede devolver a la vida a una persona.
Cuando Ghede sale de la oscuridad y penetra en la luz, necesita llevar gafas oscuras para protegerse los ojos. Sin embargo, con frecuencia se quita el cristal derecho de sus gafas, pues, como él mismo explica:
"Con mi ojo izquierdo vigilo el mundo entero, pero el derecho lo mantengo fijo en mi comida, para asegurarme de que nadie me la quita".
Pues Ghede posee un enorme apetito. Es insaciable en lo que se refiere a la comida, que engulle con su propia bebida: un ron sin refinar, aromatizado con 21 especias picantes. Nadie más logra aguantarla, pero a Ghede no parece importarle: ni siquiera parpadea cuando le salpican los ojos con el ardiente líquido. A veces Ghede adopta la forma de un harapiento pordiosero, pero con frecuencia lleva traje de gala: sombrero de copa, un largo frac y bastón.
El Barón Samedi espera en los cruces de caminos, donde las almas de los muertos pasan en su camino a Guinee, el más allá. Además de ser el omnisciente dios de la Muerte, es también un dios sexual, más concretamente el sexo violento y sadomasoquista, y es representado a menudo por símbolos fálicos y caracterizado por su personalidad obscena y siniestra. Es también el dios de la resurrección, pues solamente el Barón puede aceptar a un individuo en el reino de los muertos. Si él está con buen humor puede conceder a sus seguidores que sigan viviendo, pero si él está de mal humor puede cavar sus tumbas demasiado pronto y enterrarlos vivos o aún peor, traerlos como zombis.
En una ocasión, cuando el presidente Borno gobernaba en Haití (1922 - 1930), un grupo de personas se vistió como Ghede -cada oficiante vudú "poseído" por el espíritu del propio dios- y marchó hacia el palacio del presidente. Bailaban y deambulaban cantando por las calles, mientras una multitud les seguía. Luego pasaron ante los centinelas, los cuales fueron incapaces de detenerlos, cruzaron la verja, subieron por el sendero y con el bastón llamaron a las puertas del palacio.
Allí exigieron dinero, y el presidente se lo entregó a manos llenas. Pues no importa cuánto poder tenga un hombre sobre los demás mientras vive: ni siquiera el presidente tiene poder sobre la muerte, y al final deberá pagar su tributo.
Con frecuencia, Ghede canta para sí una canción, recordando el día en el que él y sus seguidores bailaron camino al palacio y obligaron al presidente a que les pagara para que se marcharan:
"Papa Ghede es un tipo atractivo
con su sombrero negro y su chaqueta.
Papa Ghede se dirige a palacio.
Ya comerá y beberá cuando vuelva.

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