1/31/2022

2 historias reales de hombres lobo

 

Cuando hablamos de seres fantásticos que causan espanto, o sea, de monstruos, podemos distinguir dos grandes categorías: los monstruos a secas, que no se parecen en nada a un ser humano, y los hombres-monstruo, que poseen forma humana o semihumana.
Entre los segundos, hoy nos interesan aquellos que, o bien comparten rasgos con algún animal, o bien pueden transformarse en él: hombres oso, hombres pantera, hombres jaguar, hombres tejón, hombres chinchilla... La mezcla varía según la geografía, pero desde principios del siglo XX el hombre-monstruo más popular ha sido sin duda el hombre lobo, también conocido como licántropo, lobombre o ese tipo extraño que se afeita la espalda con cortacésped.
Antes de que los estudios Universal convirtiesen a Lon Chaney Jr. (maquillado literalmente hasta las cejas) en un icono reconocido en todo el mundo, el hombre lobo era un monstruo de origen europeo, como el repollo o el criquet.
Históricamente, el lobo siempre ha sido un animal temido en Europa. A diferencia de nuestros antepasados, nosotros no tenemos que defendernos de sus ataques e incursiones con un palo puntiagudo o una hogaza de pan dura, pero incluso en la actualidad se le considera un animal peligroso.
Cuando el Viejo Continente estaba cubierto de grandes bosques y los hombres vivíamos en grupos pequeños y dispersos, la presencia de lobos era motivo de alarma y miedo. Su astucia, ferocidad y voracidad lo convertían en un animal aterrador sin necesidad de recurrir a sandeces sobrenaturales. A los niños se les advertía de ellos en cuentos como Caperucita Roja, Los tres cerditos o El lobo y las siete cabritillas, no fuera a ser que se acercaran a acariciarlos por confundirlos con simpáticos "guauguáus" y acabaran en sus estómagos.
Debido a ese temor histórico, es en Europa donde más casos de hombres lobo se han documentado. Solo en Francia, entre 1520 y 1630, se registraron más de 30.000 incidentes relacionados con la licantropía, todos indiscutiblemente verídicos.

PIERRE BOURGOT Y MICHEL VERDUNG

A principios del siglo XVI, en la comuna francesa de Poligny, un pastor llamado Pierre Bourgot buscaba a su rebaño en el bosque. Las ovejas habían huido asustadas a causa de una terrible tormenta, y Bourgot temía que, si no las encontraba, perdería su único medio de sustento y tendría que buscar nuevas salidas profesionales, probablemente como leproso o vagabundo harapiento.
De pronto, Bourgot distinguió a "tres jinetes negros" cabalgando bajo la lluvia. Parecían haber salido de la nada. Ninguna de las fuentes que se han consultado contiene descripción detallada de estos jinetes, pero dudo que nos equivoquemos si pensamos que iban montados en caballos negros de gran tamaño y que envolvían sus corpulentos cuerpos en grandes mantos negros tocados con capuchas, ocultando sus rostros en sombras.
La reacción normal de cualquier persona con dos dedos de frente hubiera sido correr a esconderse detrás de un árbol, pero no sucedió así. Bourgot saludó a los jinetes y les contó su penoso contratiempo.
Uno de los jinetes le dijo que no se preocupase, que si juraba servir a "su señor" y confiaba en él, este velaría por sus ovejas y Bourgot no tardaría en dar con ellas. 
De nuevo, una persona normal habría preguntado quien era ese "señor" del que hablaba el jinete antes de comprometerse a nada, pero Bourgot estaba tan desesperado por recuperar a sus ovejas... Por lo tanto, no se lo pensó dos veces y juró lealtad a quien quiera que fuese el amo de los jinetes.
Se debiera o no la intervención de aquel desconocido "señor", poco después del feliz y nada sospechoso encuentro Bourgot encontró su rebaño sano y salvo.
Pasados algunos días sin que se produjera ningún nuevo incidente, el pastor volvió a cruzarse con los jinetes negros. Estos le informaron de a quién había jurado servir.

"Nuestro señor es el diablo", le dijeron. "¿A qué no te lo esperabas?"

"¿El diablo?", repitió Bourgot, confuso.

"Sí, el diablo, ¡el mismo demonio! También se le conoce como Satán, Satanás, Lucifer, Beliah, Samael...

"Aaaah, el diablo" , entendió por fin el pastor. "haber empezado por ahí".

Sin embargo, para que el despreocupado Bourgot pudiera beneficiarse de todas las ventajas de esta secta satánica del Franco Condado, antes tenía que renunciar a Dios y al bautismo.
Bourgot participó con los jinetes en una misa negra y pasó a ser miembro de ella.
Años más tarde, al ser detenido y juzgado ante un tribunal, declaró:

"Caí de rodillas y rendí vasallaje al diablo".

Tras un par de año de mirar mal a la gente y no pisar una iglesia, Bourgot se cansó de adorar al diablo y volvió a su vida normal.
Fue entonces cuando el protagonista conoció a Michel Verdung, pastor como él y también siervo de Satán. Verdung escuchó la historia de Bourgot con interés y, al ver que se había apartado de la senda del mal, le dijo que volviera a adorar a Satán.
Verdung le presentó a su aquelarre, que se reunía una vez a la semana en mitad del bosque para ensalzar al demonio y fabricar velas aromáticas. Allí le mostró que, gracias a los dones del maligno, era capaz de transformarse en lobo a voluntad.
A Bourgot le fascinó esta demostración de poder. Él también quería convertirse en animal y dar rienda suelta a sus más bajos instintos.
Sin embargo, Verdung no podía enseñarle a transformarse en lobo a voluntad de un día para otro. Para eso había que iniciarse en la brujería y ritos demoníacos. Lo que sí podía hacer Bourgot hasta entonces era aplicarse un ungüento mágico con idéntico resultado.
En efecto, aunque este es un detalle que la ficción procura ignorar, en las primeras historias y leyendas sobre hombres lobo era frecuente que estos utilizaran ungüentos para transformarse. Ni maldiciones gitanas, ni lunas llenas, solo potingues untuosos prescritos por Lucifer.
Durante años, los cambiantes Bourgot y Verdung sembraron el terror por el este de Francia, cometiendo toda clase de atrocidades. Sin embargo, su suerte se truncó cuando Verdung se topó con un viajero que quizá fuera descendiente de algún irreductible galo y que no estaba por la labor de dejarse devorar vivo por un perro infernal. El individuo dio al lobo una gran paliza y el animal huyó despavorido.
Decidido a terminar lo que había empezado, el viajero siguió el rastro de sangre que había dejado el lobo hasta una cabaña. Allí encontró a Verdung en forma humana y acompañado de su mujer, que limpiaba y vendaba sus heridas. Observó también que las heridas de Verdung coincidían con las de la peluda bestia que le había atacado.

"Sospechoso" dijo el viajero en voz alta.

"¡Oh! ¡Buenas tardes, señor desconocido con el que juro que no me había cruzado hasta ahora!" , chilló Verdung, nervioso. "Si por casualidad está usted buscando un lobo, aquí no hay ninguno. Nada de lobos en esta casa, gracias a Satán... ¡Dios! Quería decir Dios".

"Tampoco hay brujas aquí", añadió apresuradamente la mujer. 

"Sospechoso", repitió el viajero.

A la vista del panorama, el viajero llegó a la única conclusión posible: el lobo debía de estar en otra parte. O quizás Verdung era un hombre lobo. En aquellos tiempos cualquiera sabía. Por si acaso, agarró a Verdung y lo llevó ante la justicia.
El encargado de interrogar a Verdung fue el inquisidor general de la diócesis de Besanzón, un hombre sagaz y conversador perspicaz, con un gran olfato para distinguir verdades de mentiras. No había confesión que no pudiera extraer, sobre todo cuando tenía hierros candentes a mano.
Durante el interrogatorio, Verdung delató a Bourgot y a otro tipo llamado Philibert con el que solían hacer las maldades convertidos en lobo. En 1521, los tres se enfrentaron a cargos de brujería, canibalismo y rituales satánicos.
La esperanza de vida era demasiado corta en aquella época como para perder el tiempo con investigaciones y otras fruslerías, así que el juicio duró poco. Los reos confesaron haberse merendado a mujeres y niños, matado ganado y copulado con lobas; todo ello bajo la apariencia de lobos o, más probablemente, bajo los efectos de alguna droga alucinógena.
Los tres culpables fueron sentenciados a muerte y quemados vivos en la hoguera.

GUILLES GARNIER

En 1573, varios niños de un pueblecito cercano a Dole fueron víctimas del ataque de una enorme bestia de voraz apetito. Por suerte, no todos murieron desgarrados y devorados en terribles circunstancias. Hubo críos que sobrevivieron casi de una pieza. Cuando la criatura no tenía mucha hambre, picoteaba un brazo aquí, una pierna allá, y no era infrecuente que se dejase la comida a medias.
Aun así, la gente tenía miedo. Ningún padre quiere ver morir a sus hijos, sobre todo ningún padre que necesite mano de obra gratuita para trabajar en el campo, que en aquella época era lo más común.
Un día, uno de los vecinos del lugar sorprendió a la bestia en plena faena, hincándole el diente a un inocente infante en la tierna rabadilla. A primera vista parecía un lobo, pero, al acercarse para ahuyentar al supuesto animal, el hombre se fijó en que, bajo la espesa mata de pelo, y a pesar de los colmillos y las orejas puntiagudas, el monstruo se daba un aire a uno de los tipos más extraños del lugar: Guilles Garnier.
Garnier era un tipo solitario y tranquilo, que vivía como un ermitaño a las afueras del pueblo.

"Siempre saludaba cuando te lo cruzabas en el camino", comentaban de él las vecinas poco después de que lo condenaran por los sucesos que estamos relatando.

La declaración de aquel testigo ocular bastó para detener a Garnier y tampoco hizo falta mucho más para condenarlo. Las autoridades de aquella época no podían comparar huellas o muestras de ADN, y en peno período álgido de la caza de brujas, si no caías bien en la comunidad y te señalaban con el dedo, tenías todas las papeletas para morir quemado en la higuera o ahogado en el río. Incluso se erraban en su valoración y resultaba que al final no eras un vasallo de Satán, tampoco pasaba nada: irías al Cielo un poco antes que el resto y ya está.  Los buenos cristianos podían vivir con eso.
Durante el juicio, Garnier se vino abajo y confesó que la pobreza y el hambre le habían empujado a hacer un pacto con un espíritu maligno en el bosque. A cambio de servir al diablo había recibido un ungüento que podía aplicarse para convertirse en lobo y así saciar su apetito devorando a sus semejantes.
Para asegurarse de que no reincidía en tan monstruosas prácticas, se tomaron medidas disuasorias bastante rigurosas: le prendieron fuego.

PETER STUBB

A finales del siglo XVI, la ciudad alemana de Bedburg se vio asolada por una oleada de muertes grotescas.
Las víctimas eran animales de granja, una gallina a la que habían arrancado la cabeza de un bocado, una vaca a la que le habían mordisqueado de morrillo a rabo, una oveja desmembrada y esparcida en un radio de 20 metros...
A raíz de estos sucesos, los vecinos de Bedburg llegaron a la conclusión de que era una manada de lobos que se había establecido en el bosque colindante y organizaron batidas para cazarlos. PEro ninguna tuvo éxito.

"Deben de ser lobos muy listos", comentó Peter Stubb (o Stump, según algunas versiones), un respetado y acaudalado ganadero.

En apariencia Stubb estaba tan preocupado como sus conciudadanos por los terribles acontecimientos. De hecho, la situación parecía haberle afectado gravemente a los nervios, porque desde que empezaron a encontrarse los cadáveres mutilados había adquirido la manía de rascarse con vehemencia detrás de la oreja.
Nadie se planteó que pudiera haber una causa sobrenatural detrás de aquellas matanzas hasta que varias personas, niños incluidos, empezaron a desaparecer en extrañas circunstancias. Fue entonces cuando corrieron los primeros rumores sobre la presencia de un monstruo.

"He oído que en el monte vive un ser semihumano que tiene un cuerno en la cabeza, alas en los hombros, serpientes en la cintura y una única para de águila con un ojos den la rodilla".

¡Paparruchas! Estas desapariciones solo pueden ser obra de un cerdo con cabeza, manos y pies de hombre.

"No descartemos al perro con cabeza de pájaro".

Los monstruos del siglo XVI eran muy raros.
Mientras tanto, Peter Stubb seguía saludando a sus vecinos con el sombrero y rascándose la oreja, cada día con más efusividad.
Cuando se encontraron los primeros cuerpos mutilados de las personas desaparecidas, el pánico recorrió las calles de la ciudad. Hombres, niños e incluso mujeres embarazadas fueron víctimas de un cruel atacante, sin duda un ser diabólico y sobrenatural.

"Probablemente sea de fuera", decía Stubb. "No puede uno fiarse de los extranjeros".

La búsqueda se intensificó y, por fin, una de las partidas de caza dio con el rastro de un lobo enorme en el bosque. Los perros siguieron el rastro, localizaron al animal y lo persiguieron hasta acorralarlo. Cuando los cazadores llegaron al lugar de donde venían los ladridos, contemplaron atónitos como la bestia a la que los perros rodeaban se convertía ante sus ojos en un hombre. Algunos de los presentes reconocieron su rostro: era el gentil Peter Stubb.

"Hola, ¿qué tal? Se ha quedado buena tarde, ¿eh?, saludó Stubb, que sudaba copiosamente. "Si no es mucha molestia, ¿podrías apartar a los perros para que pueda seguir mi camino? Lamentablemente no puedo quedarme a charlar con vosotros. Tengo muchas cosas que hacer. Cosas de ganaderos, como ordeñar a las vacas y esquilar a las ovejas. Nada que tenga que ver con lobos seguro".

Stubb fue juzgado en Colonia y confesó la mayor retahíla de crímenes atroces cometidos jamás por una sola persona. Sus fechorías remontaban hasta 25 años atrás e incluían asesinatos, canibalismo e incesto (con su propia hija y también con su hermana).
Stubb reveló también que llevaba practicando magia negra desde que tenía 12 años y aseguró que el diablo le había dado el poder de transformarse en fiera. Para varias, él no necesitaba una crema para cambiar de forma, ya que Satán le había dado un cinturón de piel de lobo que era lo que Stubb necesitaba para su transformación.
Por supuesto, el hecho de que Stubb confesara todo aquello después de haber pasado varias horas en el potro de tortura no debería hacernos dudar de la veracidad de su relato. Y que Stubb "fuera protestante y los líderes católicos del lugar estuviesen desesperados por arañar feligreses al protestantismo tampoco fue determinante en su condena".
La ejecución de Stubb rizó el rizo: lo ataron de pies y manos a una gran rueda, le arrancaron la piel con pinzas candentes, le partieron los huesos de las extremidades con bastones de madera y le cortaron la cabeza. Una vez aplicada la sentencia de muerte, y por si acaso le daba por volver del más allá, quemaron su cuerpo hasta que no quedaron más que cenizas. Por último a modo de advertencia clavaron su cabeza en una pica con un letrero que decía "OMVRE LOVO".
La amante de Stubb, Katherine Trompin, también fue torturada y quemada en la hoguera, bajo sospecha de ser un demonio enviado por Satán para pervertir a los hombres y llevarlos por el mal camino. EL tribunal no tenía la certeza de que fuera un demonio, pero la mujer era guapa y tenía los dientes blancos, así que, como poco, se la podía condenar por bruja.
El mismo destino sufrió la hija de Stubb, que quizá debería haber delatado a su padre en lugar de dejarse preñar por él. Eran tiempos complicados.


Fuente: eltipodelabrocha.com

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